Por la fe Moisés… rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios. (Hebreos 11:24, 25)
Por Víctor Cruz
Se analizaron diferentes motivos en el esfuerzo por descubrir las razones de Eduardo. Serian, según opinaban algunos, de naturaleza política: sus incompatibilidades con la corona, su aversión al protocolo que le imponían la realeza. Wallis era sólo un pretexto para desembarazarse de los pasados deberes en la rutina del oficio de reinar. ¡Cuántos juicios, cuánta condenación vehemente, cuánta simpatía enternecedora encontramos en las tentativas para interpretar las razones que llevaron a un hombre, como Eduardo VIII, a decidir cambiar el trono por un amor!
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¡El torno por un ideal! “Por la fe Moisés… rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes de ser maltratado con el pueblo de Dios… teniendo por mayores riquezas el vitupero de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”.
¡Ejemplo extraordinario de abnegación y renuncia! En lugar de la pompa y los esplendores de la realeza, prefirió el oprobio y la ignominia de un pueblo oprimido. Su notoria intimidad con Dios lo inspiró en esta importante decisión. ¡Qué extraordinaria fue la obra que realizó a favor de su pueblo! En la ejecución de sus planes, buscaba siempre la presencia divina. El secreto del éxito en nuestra vida está en ir, como Moisés, a la presencia de Dios antes de ejecutar las tareas que nos fueren confiadas.
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