lunes, 28 de diciembre de 2009

PERSEVERAR HASTA EL FIN

Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo

(Mateo 24:13)

Por Víctor Cruz

El 17 de Agosto de 1954, en el Gran Estadio Imperial de Vancouver, Canadá, se celebraban los Juegos del Imperio Británico. Se habían reunido miles de espectadores para ver el maratón, carrera disputada en un recorrido de 42 kilómetros y 750 metros, en memoria de la celebre carrera (490 a. C.) que el soldado ateniense realizó de Maratón a Atenas.

Enseguida, después de la señal de partida, James Henry Peters tomó la delantera. Kilómetro tras kilómetro mantuvo su condición privilegiada, ampliándola a medida que avanzaba. Con pasos largos y vigorosos, se mantuvo siempre al frente, sosteniendo el mismo ritmo. Se acercaban ya a la línea final, y entre las aclamaciones de la multitud, penetró en el gran estadio.

Pero, para sorpresa de todos, Peters comenzó a disminuir la velocidad, sus pasos se volvieron vacilantes; paró sus movimientos y cayó. La multitud lo animó a levantarse. Inseguro, se levantó, dio algunos pasos y volvió a caer. Doce veces se levanto, incentivado por millares de espectadores y doce veces cayó; finalmente, moviéndose casi inconscientemente, fue tanteando en dirección a una línea blanca que le parecía que era la meta final. Y allí se desmayó, en los brazos de su entrenador.

Perdió la carrera cuando faltaban aproximadamente 60 metros. La multitud, compungida, observaba la tragedia de Peters cuando súbitamente, irrumpió en el estadio escocés James McGhe que, corriendo con vigor, transpuso la línea final y fue proclamado vencedor. ¡Que amarga decepción! ¡A tan solo 60 metros Peters perdió, porque dejó de resistir hasta el fin.

Idéntica decepción ocurre en la carrera cristiana. Algunos comienzan bien la carrera de la fe. Avanzan con entusiasmo y confianza. Pero, pecados acariciados y la condescendencia con el mundo minan el vigor espiritual, vacilan y caen. ¡Que tragedia!

En nuestras iglesias hay todos los años un alto porcentaje de apostasías. Son personas que iniciaron la “carrera de la fe” con entusiasmo, pero fallaron porque no perseveraron en la lucha, hasta ser proclamados vencedores. Es una tragedia de dimensiones espantosas, que debe hacernos doblar nuestras rodillas en fervorosa suplica para que ésta tendencia sea invertida.

Únicamente aquel que persevere hasta el fin será salvo.